15/2/11

Curso de Formación Monástica 2010

Dom Mauro-Giuseppe Lepori, O. Cist.
24 de septiembre de 2010

Pero por tu Palabra
El Curso de Formación Monástica de este año ha visto, por primera vez en su historia, un cambio de Abad en la Orden. Al fundador del Curso, Dom Mauro Esteva, a quien agradecemos grandemente el haber puesto en práctica esta iniciativa y haberse rodeado de valiosos colaboradores, le sucede un Abad General inexperto, pero que desea acoger hasta el fondo esta preciosa herencia, para que continúe dando fruto en nuestras comunidades, en la Orden, en la Familia Cisterciense y Benedictina, y en el conjunto del mundo monástico y eclesial. Los encuentros con vosotros, personal y por grupos lingüísticos, han confirmado fuertemente este conocimiento y este deber. El Curso de Formación Monástica es muy valioso, y es un árbol al que deberemos siempre alimentar para su crecimiento y fecundidad.

Esta tarde no quiero daros una clase, ni exponer una conferencia, en el sentido académico de la palabra. Quiero solamente, con toda sencillez, haceros partícipes de lo que hay dentro de mí en estos momentos, sobre todo, a partir del Capítulo General y de mi elección, y quisiera también meditar con vosotros sobre aquello que estos acontecimientos nos dicen en cuanto al tema de la formación.

Como lo subrayaba también en el discurso final del Capítulo General, el evangelio del día de mi elección permanece como un tema continuo de meditación, porque me parece contener todos los elementos de la llamada que el Señor me dirige a mí y a toda la Orden en este momento de nuestro camino. También hoy quiero partir de este evangelio para profundizar el sentido y la naturaleza de la formación que debemos acoger y cultivar, no solo durante el Curso, sino durante toda nuestra vida.

Lucas 5,1-11

“En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: Rema mar adentro y echad las redes para pescar. Simón contestó: Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes. Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red.  Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían.  Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.
Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido;  y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: No temas: desde ahora, serás pescador de hombres. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, le siguieron.”


La fuente de la formación

“la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios …”

¿Por qué debemos formarnos? ¿Porque debemos hacer un camino de profundización en el conocimiento y asimilación de la verdad?

La razón última es el hecho de que Dios nos habla. Desde el principio de la creación, Dios crea con su Palabra, con su Logos: “Y dijo Dios: ‘¡Hágase la luz!’. Y la luz se hizo.” (Gn 1,3). En la creación, Dios se expresa a sí mismo. Dios se dice, y se dice como bondad, como amor que ordena el caos: “Y vio Dios que la luz era buena” (Gn 1,4). Todo lo que existe nos habla tanto de la bondad que Dios nos expresa con su Palabra, con su Logos, hasta el culmen de la creación, de la expresión de la Palabra de Dios, que es la creación del hombre y de la mujer, que es también el culmen de la expresión de la bondad de Dios. “Y dijo Dios: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza (…)’. Y vio Dios lo que había hecho y era muy bueno.” (Gn 1,26-31)

Esta bondad que el Logos de Dios inscribe en cada criatura y, especialmente, en el ser humano, que refleja la Trinidad (“Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza.”), esta bondad pone en el hombre el deseo de la Palabra de Dios, el deseo del Logos, de manera que la Palabra trinitaria creadora continúe expresándose, continúe cumpliendo su obra de hacer de nosotros y del universo algo bueno, muy bueno. El ser humano está hecho para la formación, para la educación, para la escucha, porque está hecho para escuchar la Palabra divina que lo crea, que lo forma por amor. Escuchando la Palabra de Dios, el hombre es creado y llega a conocer la bondad de Dios, del que es imagen y semejanza, que ve reflejada en sí mismo, y que ve reflejarse en toda criatura.

Cuando Lucas nos dice que la multitud se agolpaba alrededor de Jesús para escuchar la Palabra de Dios (Lc 5,1), hace entrar en escena este misterio. La multitud, el ser humano en cuanto tal, incluso no instruido, también sencillo e inculto, lleva en su corazón el deseo fundamental de la Palabra de Dios que crea todo y, sobre todo, su corazón, para expresar y manifestar Su amor, Su bondad.  Este deseo es mucho más fuerte en nuestro corazón. La multitud “se agolpaba” alrededor de Jesús, tiene hambre y sed de la palabra de Dios. Y, cuanto más sencilla y más pobre de corazón es la gente, este deseo se hace más “violento”, porque es vital.

Pero, ¿por qué este deseo se concentra en torno a Jesús, incluso físicamente, de modo que Jesús es estrujado por la multitud como si fuese un limón del que se quisiera extraer todo el jugo? San Juan nos lo explica en el Prólogo de su Evangelio: Jesucristo es en Persona la Palabra, el Logos de Dios, el Logos encarnado, hecho hombre, para expresarse totalmente, de forma explícita; y, por tanto, para expresar totalmente la bondad de Dios, de Dios Creador, de Dios-Trinidad:

“Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. (…) Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.” (Jn 1,1-14)

También la multitud  sencilla e inculta percibía este misterio en Jesús y por esto lo buscaba, quería escuchar de Él y en Él la Palabra de Dios.

La formación debe siempre partir de este deseo elemental y fundamental de nuestro corazón, que está inscrito en cada fibra de nuestro ser creado con amor por parte de Dios que nos habla.

Cuando san Benito comienza la Regla con las palabras: “Escucha hijo los preceptos de un maestro, inclina el oído de tu corazón y acoge con docilidad y pon en práctica las admoniciones de un padre amoroso…” (RB, Prol. 1), es como si nos llevase hasta los primeros pasos de nuestra vocación, al deseo más profundo y elemental de nuestro corazón y de nuestro ser: el de escuchar la palabra del Dios bueno que nos hace, que nos crea, que nos forma. Es sobre este deseo sobre el que se construye toda la Regla y todo el camino de nuestra vocación benedictina, que es un camino esencialmente educativo, formativo, para permitir a Jesucristo, Hijo de Dios, Logos del Padre, el “conducirnos todos juntos a la vida eterna” (RB 72,12); es decir, a la plenitud de nuestra humanidad, al cumplimiento de que seamos creados por Dios, a la plenitud de la vida por la que el amor de Dios crea cada ser humano.

Toda la formación está comprendida dentro de este camino del corazón y de la vida, que tiene su origen en la creación, y se cumple en la vida eterna a la que nos conduce Cristo Redentor. Y la formación monástica es específicamente esto, porque la vida monástica no quiere ser otra cosa que un concentrarse en la conversión y en el camino de vida que Dios ofrece y pide al hombre para dejarse plena y totalmente crear y salvar por la Palabra de Dios, hecha carne en Jesucristo.

Pero volvamos a la escena del evangelio de Lucas.




Una llamada particular dentro de la vocación de todo hombre

La multitud se siente atraída por Cristo que habla. Esta atracción, este deseo, está en el corazón de cada hombre. Ahora bien, dentro de esta llamada universal, y al servicio de la misma, Jesús llama a cada uno de una forma particular.

“En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret;  y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.”

En Lucas, la llamada de Simón es la primera llamada. Por esto, la escena que describe es el paradigma de toda vocación en seguimiento de Jesús. Inclusive la de quien será llamado por Cristo a otras formas de seguimiento, podrá siempre encontrar en esta escena del Evangelio el modelo esencial de su vocación.

Jesús nos llama al servicio de su ser Palabra de Dios dirigida al mundo, al servicio de su presencia en el mundo, para anunciarse como Evangelio de Salvación. Y de una forma tan presente que la multitud puede aplastarlo. Tan presente para tener que recurrir a situaciones prácticas que favorezcan su anuncio: subirse a una barca, alejarse un poco de la orilla, de forma que la multitud pueda estar ante él sin sofocar su voz, y también que la brisa del lago lleve su voz hacia todos los que le escuchan. Y también la vocación de Pedro  y de los demás Apóstoles comienza así, sencillamente, por un servicio práctico fácil de hacer. Jesús comienza a conducir a Simón Pedro hasta los confines de la tierra pidiéndole “alejarse un poco de tierra – rogavit eum a terra reducere pusillum”.

Si Pedro hubiese rechazado este “pusillum”, este “poquito”, no hubiera quizá llegado a ser el primero de los Apóstoles, la piedra sobre la que Cristo edificase su Iglesia. También a nosotros nos llama el Señor a partir de poco, solicita nuestro ‘sí’ a su llamada pidiéndonos pequeños gestos y pequeñas elecciones que son factibles, tanto que a menudo no nos damos cuenta de acoger ni de decir ‘sí’ a través de éstas a las grandes obras que Dios quiere llevar a cabo a través del pobre instrumento de nuestra vida, de nuestra persona, de nuestros talentos.

En esta página del Evangelio, la progresión de la llamada al seguimiento del Señor se ilustra de manera clarísima en tres etapas que, de una u otra forma, se deben verificar también en nosotros: primero, Jesús pide a Simón y a sus amigos alejarse un poco de tierra; después, les pide remar mar adentro y echar las redes; finalmente, Jesús les llama a dejarlo todo para seguirlo en su misión universal: «“No temas: desde ahora, serás pescador de hombres. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, le siguieron.» (Lc 5,10-11)

En cada etapa es siempre Jesús quien llama. Por esto, la universalidad  y la importancia de la llamada final está ya contenida en la pequeña llamada a alejarse un poco de tierra. Es importante ser conscientes de esto, porque Dios quiere que vivamos nuestra vocación con unidad, y la unidad es Jesús mismo quien la da. Por lo que, en el fondo, es casi indiferente si uno es llamado a trabajar en la cocina de la Casa General o para ser Papa, porque lo que cuenta es siempre Cristo presente que pide nuestro ‘sí’ para hacerse siervo e instrumento de su palabra y de su amor. También el Papa debe dar su ‘sí’ cada día a pequeños gestos a través de los que responde a su vocación universal, así como nuestras Hermanas de la cocina pueden y deben vivir  su servicio con un aire universal y misionero.

“Pero por tu Palabra”

Pero sobre lo que quiero insistir hoy es, sobre todo, en el hecho de que toda llamada, pequeña o grande, es una palabra de Jesucristo que interpela e implica toda nuestra vida. Y esto es importante recordarlo en la formación y educación que debemos siempre cultivar en la vida monástica. En cada aspecto o materia de nuestra formación, como en todo curso que habéis recibido aquí o en vuestros monasterios, o en otro lugar, siempre debemos permanecer en tensión y escuchar la palabra de Dios que Cristo nos dirige llamándonos, como vocación.  Por tanto, una palabra de Dios que no quiere instruirnos solamente, sino que nos llama a seguirlo, a permitirle atraer hacía sí y tomar consigo nuestra vida, a través de todos aspectos y en todas sus dimensiones, como está perfectamente reflejado en la Regla de san Benito.

En esta escena del Evangelio de Lucas, Pedro dice algo fundamental que siempre es válido. Cuando responde a la llamada de Jesús a remar mar adentro y echar las redes, dice: “Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.” (Lc 5,5)

“…pero, por tu palabra – in verbo autem tuo…”: esto es lo importante, también en la formación. La palabra de Jesús es una realidad en la que hemos de apoyarnos, en la que debemos entrar. Es una palabra que a menudo contradice nuestro sentimiento, nuestro límite, como el cansancio de Pedro y también su opinión sobre lo que sería mejor hacer en este momento: Pedro, en efecto, parece subrayar el “pero”. Sin embargo, obedece, acoge esta palabra de Jesús, se apoya en ella, y esto le permite explicarse la vida y la realidad, hacerla clara para él, para su camino. 

Es así cómo la formación y la educación que recibimos, sea en el ámbito que sea, nos permite crecer verdaderamente, crecer, sobre todo, en la fe, en la confianza en Jesús, y nos permite comprender de verdad, conocer, profundizar la verdad dentro de la vida, en la carne de nuestra vida.

Formación y comunión

Pero la palabra de Jesús sobre la que Pedro se apoya y que lleva a remar mar adentro con Jesús toda su vida, expresa otra verdad fundamental para nuestra vocación benedictina y cisterciense, y para la formación que debemos cultivar. Y es sobre esto sobre lo que quiero concluir.

Jesús dice a Pedro: “Rema mar adentro y echad las redes para pescar” (Lc 5,4)

Jesús interpela personalmente a Simón Pedro: “Rema mar adentro”, pero para pedirle una cosa que no debe hacer solo, que debe hacer con sus amigos y compañeros: “y echad vuestras redes”.

En el discurso final al Capítulo General he insistido mucho sobre la vida comunitaria como punto esencial de trabajo para nuestra Orden. San Benito nos pide y nos ofrece buscar verdaderamente a Dios y encontrarlo realmente viviendo la comunión fraterna en la comunidad. He insistido en esto porque todo el Capítulo General ha expresado esta convicción y la ha vivido con alegría, así como lo ha formulado en el mensaje del Capítulo General a todos los miembros de la Orden. Podréis profundizar este texto en vuestra comunidad.

Pero también me ha dado alegría encontrar esta conciencia y este deseo en cada uno de vosotros. Prácticamente todos los grupos lingüísticos del Curso de Formación Monástica con los que me he reunido los días pasados, han insistido sobre el hecho de que el aspecto más valioso de este Curso es la posibilidad de vivir la formación en un contexto de comunión, de vida comunitaria fraterna. Del mismo modo que Jesús le pide a Simón Pedro conocer su Palabra y apoyarse en ella personal y comunitariamente.

Ciertamente, la llamada es personal, y Jesús habla siempre al corazón de cada uno. Pero su palabra nos llama, al mismo tiempo, a vivir en comunión fraterna, a remar mar adentro con los demás, a echar juntos las redes, y a vivir con los demás el milagro de la pesca milagrosa que solo Él puede realizar. También la formación es “una pesca milagrosa” que Él hace posible y fecunda si decimos ‘sí’ a su palabra en comunión con los hermanos y hermanas que Él nos da como compañeros de camino para seguirlo y estar con Él.

Si habéis hecho esta experiencia, si habéis comprendido esto, si, sobre todo, deseáis continuar esta experiencia en vuestra comunidad, o continuando el Curso, y de miles de otros modos, el Curso habrá conseguido su verdadero fin, que es, en el fondo, el de no desunir vuestra formación de vuestra vocación, de vuestra vocación de buscar y seguir a Jesucristo en la vida cenobítica. Porque nuestras comunidades son “dominici schola servitii – una escuela del servicio del Señor” (RB, Prol. 45).




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