12/11/16

ÁNGEL MANRIQUE






INTRODUCCIÓN

    Un poco de historia: La Congregación de Castilla.

Como bien sabemos, nuestra Orden Cisterciense consta de Congregaciones monásticas y de monasterios no pertenecientes a ninguna Congregación que están unidos a ella[1]. La Congregación de Castilla, en España, fue erigida en el año 1425, tras obtener Martín de Vargas la Bula Pia supplicum vota de manos del Pontífice Martín V[2], con la que se autorizaba la fundación o la incorporación de dos casas en los reinos de Castilla y León para implantar en ellas la observancia regular, fijándose ya las novedosas bases de  un futuro régimen congregacional[3].

La personalidad y los ideales de Martín de Vargas, monje profeso de la Abadía de Piedra (Aragón) oriundo del reino de Castilla, fueron decisivos para la revitalización de la vida cisterciense en España, que a finales del siglo XIV y a comienzos del XV era precaria, ya que los monasterios de la Corona de Castilla y León se contaban entre los menos presentables de la Orden; y a la larga en muchas otras regiones de Europa[4].

La Congregación de Castilla, de la que mi monasterio forma parte junto con otros doce monasterios más, es la primera Congregación de la Orden Cisterciense[5]. Comienza su andadura humildemente y sin grandes medios. Su cuna fue el monasterio de Montesión, filial del monasterio de Santa María de Huerta, donde, como ya veremos, tomó el hábito nuestro gran escritor Fray Ángel Manrique. Como toda institución, nuestra Congregación tuvo sus años de oscuridad y dificultades internas, debido a la incomprensión recíproca entre el Capítulo General de la Orden y el gobierno de la Congregación. Será el Capítulo General de 1493 el que reconozca la Congregación y su estructura, aunque años más tarde vuelven las dificultades. La Santa Sede, concediendo privilegios particulares a esta Congregación, reconocía también los demás privilegios concedidos a la Orden; por esto consideró siempre la Congregación de Castilla como una congregación cisterciense, es decir, perteneciente a la Orden Cisterciense[6]. Hay años de declive y anquilosamiento, así como años de gran vitalidad, como los últimos veinte años del siglo XV en la que sus monjes alcanzan un excelente nivel intelectual y espiritual, capaces de prestar buenos servicios a la Iglesia y a la sociedad[7].
                                                                                                                                                                                                                                                                          Estando formada en los inicios por monasterios de monjes y de monjas, con el correr de los tiempos podrá subsistir tan solo en los monasterios femeninos. En 1994, se actualizan sus Constituciones, en concordancia con las de la Orden y aprobadas por la Santa Sede. El año 2006 marca un nuevo hito para la historia de las Congregaciones, tanto por parte de la Orden como de la Santa Sede. En los casos de las antiguas Congregaciones de Castilla, que es la nuestra, y del Purísimo Corazón de María o de Bohemia, dada la supresión de los monasterios de monjes que formaban parte de ellas les ha llevado a ser las primeras Congregaciones en tener una estructura jurídica exclusivamente femenina dentro de la Orden Cisterciense[8].


   Motivación

Los cistercienses de Castilla, podemos presentar un largo y brillante elenco de autores y obras, que han querido recoger toda una historia y una tradición, mostrándonos facetas muy importantes del desarrollo y características del Císter español y la vida de los monasterios[9].

Nuestra Congregación de Castilla es una “Congregación de escritores”; entre ellos destaca Ángel Manrique (1577-1649), el más sólido y uno de los más fecundos historiadores y escritores del Cister castellano[10]. Con otros muchos monjes y monjas escritores, Ángel Manrique, ha enriquecido las bibliotecas de casi todos los monasterios cistercienses no solo de España sino también de Europa, contribuyendo a renovar el interés por una parte importante del patrimonio cisterciense. Ellos nos muestran un camino por donde ir y avanzar, como bien nos dice nuestro querido autor Ángel Manrique en su introducción a los Annales Cistercienses:

“Estarán en deuda con nosotros los que quieren avanzar, por el hecho de tener por donde ir. Estará en deuda con nosotros el Císter en relación con todo aquello que debe hacerse por otros, pero que hasta ahora nadie ha comenzado. Ciertamente es fácil que hayamos podido haber hecho poco en esta materia, sobre todo por la dificultad, pero se ha hecho lo que se ha podido… ¡Ojala haya quien corrija y quien borre! ¡Ojala haya quienes añadan y demuestren cuán poco hemos hecho, siempre que lo que no hemos hecho, lo hagan salir a la luz!”[11]

El patrimonio literario cisterciense no está solo en el siglo XIII, o época de los “padres cistercienses”. Son muchísimas las obras de cistercienses españoles que aún permanecen completamente olvidadas y desconocidas; en parte por estar redactadas originalmente en latín, en parte porque las que están en romance o castellano de los siglos pasados nos resultan poco agradables para leer hoy. Estos autores han leído también e interpretado en su tiempo las obras de los clásicos cistercienses, y se han enfrentado con la tarea de vivir y expresar el ideal cisterciense según las características culturales de su tiempo; por eso no pueden ser ignorados[12]. Y esto es lo que me ha llevado a hacer este trabajo sobre Ángel Manrique, monje destacado de la Congregación de Castilla, a la que pertenece mi monasterio. Un tesoro escondido, cuyas riquezas quisiera, al menos en pequeño destello,  sacar a la luz.

ÁNGEL MANRIQUE: DATOS BIOGRÁFICOS

Nuestro monje nace el 28 de febrero de 1577 en la ciudad de Burgos. Se llamó por bautismo, Pedro Medina Manrique, ya que su padre fue Don Diego Medina de Cisneros y su madre Doña María Manrique. Tuvo tres hermanos; el primero, Diego González de Medina, corregidor de la ciudad natal, como su padre; luego estaban su hermana, Doña Beatriz, y otro hermano, que fue cisterciense y que quizá tuviera por nombre Fr. Bernardo. A los trece años pasa a estudiar al colegio de Santiago en Alcalá de Henares. Allí posiblemente surgió su vocación a la vida cisterciense, sin duda por el contacto con el Colegio que los cistercienses tenían en Alcalá, enfrente del mencionado colegio[13].

A los dieciséis años, el 9 de abril de 1592, toma definitivamente el nombre de Ángel, cuando recibe el santo Hábito Cisterciense en el Real Monasterio de Huerta. Hace sus estudios filosóficos en el Monasterio de Meira, diócesis y provincia de Lugo, y los teológicos en el Colegio de Loreto o San Bernardo, en Salamanca, del que fue cuatro veces Abad. El 28 de febrero, -no se sabe de qué año, tal vez alguno de los finales del siglo XVI-, fue ordenado Sacerdote. El 4 de noviembre de 1613 obtiene el grado de Licenciado en Teología y el de Maestro de estudiantes en el Colegio de Loreto de Salamanca, el 7 del mismo mes y año[14].

La Orden supo aprovechar las cualidades del joven monje Manrique, que una vez formado en la observancia cisterciense, se ve en las aulas universitarias, de las cuales sacaría los cimientos para una intensa vida intelectual al servicio de su Orden y de una profunda sabiduría espiritual que manifestaría en sus escritos espirituales y sermones. En 1626 fue elegido General de la Congregación de Castilla; su gobierno fue de entrega y servicio; dejó a sus sucesores el ejemplo de un gobierno prudente y sabio. Al final de su mandato, volvió a su cátedra de Salamanca y en abril de 1636 fue nombrado predicador de su Majestad Felipe IV, coronación de una vida dedicada en gran parte al púlpito, pues la predicación fue uno de los campos que desarrolló con más éxito; muchas de sus predicaciones pasaron a la imprenta, constituyendo una parte importante de sus obras[15].

El Capítulo General de la Congregación le encargó que escribiese los Annales, crónica general de la Orden, obra maestra  que le inmortalizó y que por sus muchas actividades no pudo terminar; publicó cuatro tomos, el último póstumo, y dejó otros tres en manuscrito, que se pudrieron en su monasterio de Huerta, en la inundación de 1707. Por las mismas fechas, fue nombrado Prior del Gran Convento de Calatrava[16].

En 1645, a sus 68 años, recibió el nombramiento de Obispo de Badajoz[17]. A pesar de sus muchos años, se entregó de lleno a su labor pastoral, siendo el siervo fiel de su Iglesia, que visitó totalmente[18]. En 1648 celebró Sínodo, regulando la vida diocesana con sabias disposiciones. Sobresalió por su prudencia y bien hacer, procurando la paz y la reconciliación entre sus diocesanos. Al año siguiente, el 28 de febrero de 1649, a los setenta y tres años de edad, moría en su diócesis lleno de méritos y dejando tras sí una aureola de virtudes con verdadera fama de santidad y el fruto inmenso de su labor intelectual, que legó a la posteridad[19].

OBRAS

    Contextos circunstanciales

Pocos monjes cistercienses han tenido un “currículum” tan brillante, y que se extendiera por tantos lugares del saber literario y espiritual. Sus obras escritas hacen un gran elogio de nuestro gran autor; pero mucho más elogioso fue su empeño y perseverancia en el ideal y vocación de monje cisterciense, hasta el final de su vida.

Ángel Manrique ingresa en el monasterio de Huerta en un gran momento, en el que las casas de la Orden, especialmente Huerta, están plenamente integradas en un entorno cultural y social que apunta a la revitalización de instituciones tan importantes como las claustrales. Estas instituciones aparecían honorables, daban posibilidades de crecimiento y desarrollo humano e intelectual, y garantizaban la vivencia de valores tradicionales, aunque sin cerrarse al porvenir[20].

La necesidad de proveer a las instituciones religiosas y a la monástica en particular de fundamentos sólidos de su historia y espiritualidad se fue haciendo creciente desde 1550 en adelante. De ahí el cultivo del derecho y de la historia. Ángel Manrique, con sus Annales, su gran obra como ya veremos, impide que todo se derrumbe. El Císter español, desde mediados del siglo XV hasta finales del XVII, pasa por momentos muy diferentes, con distintas necesidades y distintos puntos de vista en el tema de los estudios de los monjes y su adaptación al devenir de las comunidades. En tiempos de nuestro autor, tanto en Huerta como en otros monasterios, se respiraba una atmósfera de fervor y satisfacción en los logros obtenidos, no tanto por acomodarse a las tendencias modernas, sin más, sino porque se pensaba que era lo que correspondía a una Orden como la Cisterciense[21].

Los monjes del siglo anterior a Ángel Manrique, y la Congregación de Castilla en general, se preocuparon de acoger los elementos más importantes de una cultura amplia y también acomodada al régimen monástico: humanidades, derecho, filosofía y teología. El ir y venir de estudiantes dio origen a una gran adquisición de libros y a una sabia organización de archivos y bibliotecas. Así en el siglo XVII las bibliotecas monásticas no eran meros almacenes de libros, sino un punto de referencia y un exponente de la cultura alcanzada en los monasterios, que llegará a impregnar la cultura de la sociedad. Ángel Manrique se sirvió para sus obras, especialmente para los Annales de una gran red de archiveros y bibliotecarios que le facilitaban los materiales, especialmente las crónicas de los monasterios, que pone al servicio de un gran ideal: no sólo contar y publicar las glorias del pasado, sino justificar socialmente la fuerte posición del monacato cisterciense en la iglesia española[22].

    Los Annales Cistercienses: Su gran obra

El P. Damián Yáñez, uno de los monjes cistercienses, entre otros muchos, gran admirador de Ángel Manrique nos dice que los Annales Cistercienses son su obra monumental, que le coloca a la cabeza de los historiadores de la Orden. En cuatro gruesos volúmenes, desarrolla los orígenes, evolución y la historia de la casi totalidad de los monasterios de la Orden, en el espacio de más de un siglo. Una gran obra, cuyo método empleado en ella puede calificarse entre los mejores modelos de historiografía de la época, a pesar de carecer de los medios que hoy tenemos para aquilatar la verdad[23] y de los fallos que se le achacan. Así,  Maur Cocheril, entre otros, le reprocha a Ángel Manrique haberse servido también de fuentes menos seguras, como la Crónica de Císter, del portugués Bernardo de Brito; por lo que califica a la obra de Manrique de tener grandes errores, no pudiéndose dar fe a todo lo que escribe ni dispensarse de comprobar sus argumentos[24].

A pesar de todo, los Annales Cistercienses de Manrique, se hicieron célebres en toda la Orden y fuera de ella, marcando un camino por el cual podemos transitar con cierta facilidad. Para una obra de tal calidad, nuestro autor, frecuentó bibliotecas notables, entre ellas, la del Colegio de Salamanca, recogiendo así preciosos materiales que le servirían para edificar su gran obra. De manera excepcional utilizó la biblioteca de Oviedo, obra de Don Diego de Covarrubias, en la cual encontraría la ayuda más eficaz, según él mismo nos dice: “Atque haec ultima (magni quondam viri Didaci Covarrubias gloriosa cura) fere prae cunctis aliis in usu fuit”. Al lado de estas grandes bibliotecas y archivos, utilizó como fuentes inapreciables los escritos y manuscritos logrados por otros monjes, que habían trabajado ya en el campo histórico, y quienes habían recorrido distintos países europeos buscando materiales para esta obra monumental. Así, podemos citar a Fray Ignacio Fermín de Ibero, monje de Nogales, quien hallándose al frente de la abadía de Fitero, consiguió que Fray Bernardo Cardillo Villalpando recorriera los distintos países europeos con vistas a recoger datos sobre la historia de la Orden. Y Fray Crisóstomo Enríquez en los Países Bajos[25].

Con estos magníficos medios, Ángel Manrique, logra publicar esta gran obra en cuatro gruesos volúmenes de gran folio, en los cuales desarrolla los orígenes, evolución y la historia de gran parte de los monasterios de la Orden diseminados por toda Europa, desde 1098 en que se fundó el Císter, hasta 1236. Los tres primeros tomos se publicaron en vida del autor, y el cuarto después de su muerte.

El tomo I abarca desde 1098, hasta 1144, es decir, los 47 años primeros desde el nacimiento de la Orden; el tomo II se extiende desde el año 1148 hasta 1175; el tomo III va de 1173 a 1213; y el tomo IV desde 1114 a 1236.

Después de las introducciones y autorizaciones necesarias, se inicia cada tomo con un índice de títulos y capítulos del Derecho canónico cuyas inscripciones o materias se explican o se corrigen en los Annales. Sigue el desarrollo de la obra por años y cada año contiene varios capítulos, según que haya habido más o menos fundaciones en él. Cada capítulo va dividido en números marginales, figurando a la cabeza del capítulo el contenido de cada número, que suele ser la fundación de uno o varios monasterios, de los cuales ofrece datos concretos sobre los orígenes, el documento clave de fundación y algunos acontecimientos importantes, con algunas notas al margen señalando las fuentes.

Al final de cada tomo, lleva como apéndices los abadologios de algunos monasterios. Al comienzo del apéndice del tomo I explica nuestro autor que, no pudiendo ofrecer las series de abades de todos los monasterios, prefiere dar las de los más principales. Así, comienza por el de la Casa Madre de Císter, al que siguen los de las otras cuatro casas matrices: La Ferté, Pontigny, Claraval y Morimond. También nos da el catálogo de los Maestres de las Órdenes Militares Cistercienses: Calatrava, Alcántara y Montesa.

Inserta un índice analítico de materias, personas, monasterios y asuntos principales tratados en cada tomo. Todas las páginas van encabezadas con el año de que se trata a continuación, es decir, en una columna lleva el año de Císter, a partir de 1098, y en otra columna el año de la era cristiana. Cada año se divide en capítulos y cada capítulo lleva números marginales. En el índice figura el año, (teniendo en cuenta que los índices solo aluden a la era cristiana), el capítulo de ese año y el número marginal en el que consta la cita del índice que a uno le interesaría buscar.

El tomo IV va enriquecido, además, con un apéndice en que se ofrece un compendio histórico o tratado sobre la Congregación de Castilla, desarrollado en torno al abadologio de Palazuelos[26]. Comienza ofreciendo la reseña de los primeros abades de este monasterio, pero al llegar al s. XV, se estudian los orígenes, evolución y desarrollo de la Congregación de Castilla, en un principio con pocos datos, pues cuando Ángel Manrique escribía la Congregación apenas contaba con monasterios adheridos, pero a partir de fines del s. XV se fue incrementando progresivamente, reseñando la fecha de las incorporaciones de los distintos monasterios a la Congregación, con un resumen del documento en que se autoriza a los monjes de cada casa de adherirse a ella.

Este tratado no va dividido en capítulos, sino que el trabajo se desarrolla en torno a cada Abad reformador, señalándose la fecha de la elección de cada uno de ellos y a continuación reseñando los sucesos más salientes del trienio. Por lo general, nuestro autor, califica de manera discreta el modo de ser de las personas y señala el año de su muerte[27].

    Otras obras[28]

Láurea Evangélica hecha de varios discursos predicables con Tabla para todos los Santos y Dominicas. Dedicada a Dña. María Manrique, madre de nuestro autor.

Santoral y Dominical Cisterciense hecho de varios discursos predicables en las fiestas de N. Señora y otros Santos. Dedicado a D. Alonso Manrique, Arzobispo de Burgos.

Sermón en la Beatificación de San Ignacio.

Meditaciones para los días de Cuaresma dedicadas a D. Juan Moncada, Arzobispo de Tarragona.

Meditaciones del Martirio espiritual que padeció la Virgen Santísima en la Pasión de su hijo.

Santoral y Dominical cristiano. Sermones varios.

Discursos predicables para todas las fiestas de N. Señora.

Calendario de los Santos de la Orden Cisterciense.

Apología por la Mujer Fuerte Dña. María de Vela, monja cisterciense en Santa Ana de Ávila. Va contra las objeciones que el Sr. Vaquero ponía sobre la virtud y santidad de esta virgen.

Discurso sobre el socorro del Clero al Estado Español.

Memorial por la Universidad de Salamanca, presentado a la M. de Felipe IV sobre ciertos recursos en puntos Teológicos y Tratado de Charitate.

Historia y Vida de la Venerable Madre Ana de Jesús, Discípula y Compañera de la Santa Madre Teresa de Jesús, Fundadora en las provincias de Francia y Flandes.

CONCLUSIÓN

Ángel Manrique, como otros muchos autores cistercienses, nos ha marcado un camino, una ruta a seguir, a estudiar, a valorar y agradecer, pero también a profundizar, como es nuestro deber con la historia de nuestra Orden y del Císter en España. Él nos enseña el valor de la historia, de la doctrina tradicional, de cómo debemos conceder a lo antiguo la debida importancia, sin dejar de valorar lo nuevo.

Qué importante es para nosotros, “nuevas generaciones”, el ejemplo de estos grandes monjes cistercienses que nos dejan el legado de un amor inmenso a la Orden, por sus orígenes y su historia. Animándonos al estudio serio y responsable, a una formación permanente, tan importante para poder conocer y apreciar mejor nuestros orígenes, nuestra historia como Orden. Ellos nos enseñan a aprovechar los medios, que se nos ofrecen hoy, para este estudio, como son estos Cursos de Formación Monástica, que la misma Orden pone a nuestro alcance, ofreciéndonos la gran oportunidad de crecer y profundizar en nuestra vocación como monjes y monjas cistercienses; para así no cesar de buscar nuevos caminos y maneras mediante los cuales podamos vivir, siempre con más plenitud, nuestra vocación según la voluntad de Dios[29]. Como bien hizo Ángel Manrique.
 


Sor Eva Mª Campo Reguillo

Monasterio Cisterciense de San Benito

Talavera de la Reina

(Toledo)







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