26/8/11

Capítulo sobre la Regla de San Benito - 2012




Capítulo sobre la Regla de San Benito-CFM-Roma 23.08.2011

¿Dónde empieza la Regla de san Benito? O, más bien, ¿cuál es el punto en el que cada uno de nosotros puede comenzar verdaderamente a seguir el camino de vida que san Benito propone?

Cada uno de nosotros ha entrado en el monasterio, diría que por puertas diversas, atraído por diferentes aspectos, según la historia de cada uno, el temperamento de cada uno, y, también, los gustos de cada uno. Hay quien entra porque se siente atraído por la liturgia, o por un monje o monja concretos, o por la actividad a la que se dedica el monasterio, o por la comunidad, o por el lugar. Psicológicamente, es muy difícil reconocer qué nos mueve verdaderamente a abrazar una vocación; es mejor así, porque, a menudo, Dios se sirve de la psicología de una persona para atraerla o empujarla a una elección de vida;  sin embargo, no es aquel motivo el que permite la perseverancia, y cuando quizá uno se da cuenta de que un cierto matiz psicológico de su persona, también negativo, es lo que le ha impulsado a entrar, suele ocurrir con frecuencia que no es por esto por lo que se ha quedado, por lo que ha continuado el camino, sino que otras razones o experiencias, más verdaderas, más libres y maduras, han entrado en juego en la vida y en la conciencia de la persona para fundamentar y reforzar su vocación.

También san Benito, cuando deja Roma para no “ensuciarse” con el mundo, cuando se marcha junto con su nodriza, cuando la deja, cuando se retira de todo y de todos en una gruta, hasta perder la noción del tiempo, de forma que no sabe ni siquiera cuándo es Pascua, cuando se lanza desnudo en medio de las ortigas, y se descuida hasta el punto de que quien lo encuentra cree que es un “yeti”, no sé si todo esto era tan puro y libre desde el punto de vista de la vocación… Pero Dios se ha servido de todo para formar aquella joya de equilibrio y armonía humana y religiosa que es la Regla.

Y en la Regla, Benito ofrece algunos puntos de verdad y libertad en la elección de nuestra vocación que casi ninguno vive en el comienzo, sino a través de los cuales, antes o después, debemos pasar para entrar verdaderamente, o reentrar, en el camino y en la experiencia que Dios desea de nosotros llamándonos al monasterio. El Prólogo de la Regla, como todos los prólogos respetables,  se ha escrito probablemente al final de la misma Regla; pero, precisamente por esto, han salido a la luz, de forma más madura, algunos aspectos esenciales para acercarnos siempre de forma nueva a la verdad de nuestra vocación, incluso si somos monjes y monjas desde hace muchos años.

El primer aspecto que quiero resaltar hoy, que también es el primero que se encuentra en el texto, es como un vuelco de la concepción instintiva que tenemos de nuestra libertad.

“Escucha, hijo, los preceptos de un maestro, aguza el oído de tu corazón, acoge con gusto esta exhortación de un padre entrañable y ponla en práctica,  para que por tu obediencia laboriosa retornes a Dios, del que te habías alejado por tu indolente desobediencia.” (Pról. 1-2)

La tentación de todo ser humano, que nos viene del pecado original, es la de buscar la propia libertad alejándose de cualquier dependencia. Es la tentación adolescente de querer vivir la propia libertad y, por tanto, la propia vida, sin padres y sin maestros. La tentación de conocer la verdad sin aprenderla, y de vivir sin ser generados. La pretensión de ser libres sin obedecer, sin escuchar y sin seguir.

Para salir de esta desviación, no solo de nuestro comportamiento, sino de nuestra naturaleza humana, porque el ser humano está hecho estructuralmente para crecer y madurar escuchando y siguiendo a quien es más grande y maduro que él, para salir de esta desviación, san Benito no nos dice primeramente que volvamos a la Regla, sino que volvamos con el corazón y con la vida a un padre y maestro, que volvamos a alguien que sea padre y maestro.

El fin último es, ciertamente, el de volver a Cristo, el verdadero Padre y Maestro de nuestra vida,  pero en el conjunto de la Regla se comprende que la vuelta a Cristo pasa por la mediación del abad y de quien en el monasterio hace antes que nosotros la experiencia de la bondad y de la verdad. En los capítulos sobre el abad, Benito insiste en que sea verdaderamente padre y maestro de los monjes. Y desde estos primeros versos del Prólogo se instituye que se vuelva al maestro atraídos y acogidos por la misericordia de un padre, de un “pius pater”, o de una madre. Se debe volver a un padre bueno, pero que también “amoneste”, es decir, que sepa instruir y guiar el camino de quien regresa a casa.

Detrás de estas imágenes y de estos términos, se trasluce de forma evidente la parábola del hijo pródigo y del padre misericordioso de Lucas 15,11-32. Si meditáis aquella parábola, veréis que el padre no solo es bueno, sino que también instruye a sus hijos, les da una enseñanza sobre las razones de su bondad, sobre el por qué de sus elecciones y del camino que propone. 

Creo que es bueno subrayar que esta vuelta que nos hace entrar en la vida monástica no es solo para los comienzos, sino que debe siempre renovarse. Nuestra primera conversión debe ser siempre aquella con la que decidimos ser discípulos de un padre. Y san Benito nos hace comprender que esta conversión, y lo dirá explícitamente en seguida, depende mucho del abad. Es el abad el que debe ofrecer a los hermanos el espacio de la caridad, de la misericordia, de la bondad que los pueda atraer y hacer volver sin miedo a una situación de crecimiento y no de disminución o regresión. Pero tampoco esto basta. Esta bondad, esta caridad, debe ofrecer también la verdad, la corrección y, sobre todo, los juicios y la doctrina de la sabiduría que permitan madurar con verdadera decisión y libertad.

Entramos verdaderamente en comunidad, en el camino de nuestra vocación, cada vez que nos decidimos de nuevo a vivir un discipulado filial, ser hijos y discípulos, cada vez que regresamos para escuchar con fe al padre y maestro que Dios nos da para hacernos crecer y avanzar.


Capítulo sobre la Regla de San Benito II–CFM- Roma 24.08.2011


Decía ayer que el Prólogo de la Regla saca a la luz algunos aspectos esenciales para llegar siempre de nuevo a la verdad de nuestra vocación. Lo primero que he subrayado es el buscar y acoger en el monasterio el padre y maestro que nos permita crecer y caminar en el discipulado filial.

Poco después, san Benito insiste mucho sobre otro aspecto: la oración: “Ante todo, cuando te dispones a realizar cualquier obra buena, pídele con oración muy insistente y apremiante que él la lleve a término,  para que, por haberse dignado contarnos ya en el número de sus hijos, jamás se vea obligado a afligirse por nuestras malas acciones” (Pról. 4-5).

Esta recomendación inicial de la Regla, nos recuerda que nuestra conversión, nuestro regreso de nuestra miseria a la vida filial en la casa del Padre, es para nosotros una obra imposible. Al hombre le es imposible volver a Dios por sus propias fuerzas; al hombre le es imposible cambiar por sí solo; al hombre le es imposible salvarse sin la gracia de Dios. Porque salvarse quiere decir convertirse plenamente en hijo de Dios. Y esto supera nuestras posibilidades. Ningún hombre puede con sus solas fuerzas dar el salto ontológico del ser simplemente hombre a ser hijo de Dios. Porque es esto lo que nos propone el camino de la Regla: la conversión del estado de alienación de Dios, de alejamiento de Dios (cfr. Pról. 2), a la condición de hijo de Dios. En esto, todo el camino de la Regla no hace sino hacernos vivir hasta el fondo el misterio de nuestro bautismo.

Dios quiere hacernos hijos suyos, pero con dos condiciones: que lo queramos y que le dejemos hacer a Él. Estas dos condiciones se expresan y resuelven en la oración: la petición insistente expresa justamente la conciencia de aquello que somos y de aquello que estamos llamados a ser. Somos impotentes para llegar a ser hijos de Dios; estamos llamados a serlo; solo Dios puede realizarlo. Por lo tanto, nuestra posición justa es la de pedirlo al Señor, pedirle insistentemente a Dios que realice Él esta obra imposible.

San Benito no complica demasiado su enseñanza sobre la oración, porque para él lo esencial es la oración de petición, la que insiste para convencer a Dios y, sobre todo, a nosotros mismos que queramos verdaderamente que Él actúe, que Él intervenga, que Él realice todo lo que nos es imposible. En esto, Benito es educado principalmente por la súplica y la fe expresada en los Salmos: Al Señor “No le agrada el vigor de los caballos, ni estima los jarretes del hombre. El Señor ama a los que lo temen y a los que esperan en su misericordia” (Sal 147,10-11).

La gran obra de nuestra vida, la obra esencial, es, así pues, la de llegar a ser cada vez más hijos de Dios por la gracia; es decir, adherirnos siempre más profunda y realmente a Jesucristo.

“Después de habernos hecho el don de ser sus hijos, no deba un día entristecerse por nuestro mal comportamiento”. San Benito nos dice que ya hemos recibido la gracia de ser hijos de Dios, gracias a la muerte y resurrección de Cristo, gracias al bautismo, al don del Espíritu Santo, pero esta gracia debe como conquistar toda nuestra vida, en el tiempo, en sus distintas dimensiones, en todas las circunstancias y encuentros que progresivamente vengan a componerla, a construirla. La Regla nos acompaña en este camino de asimilación progresiva, cada vez más profunda y totalizadora, de la gracia de ser hijos de Dios en Cristo por el Espíritu.

¿Y cómo se avanza en la vida siendo cada vez más hijos de Dios? Pidiendo y recibiendo la vida, en todos sus matices, como un don de Dios, como una generación de Dios Padre en nosotros. Como dice el Salmo 2: El Señor “me ha dicho: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy. Pídemelo…” (Sal 2,7-8).

“Ante todo, cuando comiences cualquier obra buena, pide insistentemente a Dios en la oración que Él mismo la lleve a término…”
La perseverancia e insistencia en la petición hace progresar en nosotros la gracia de la filiación divina. Dios tiene en sus manos el inicio y el cumplimiento de todo. Nuestro Dios no es una divinidad pagana que lanza las cosas sin ocuparse más de ellas. Dios comienza por cumplir, y cumplir Él. No somos nosotros los que comenzamos, y aún menos somos los que llevamos la obra a término. Nuestro verdadero trabajo es el de pedir el cumplimiento de todo lo que comienza en nuestra vida.

“Ante todo, cuando comiences cualquier obra buena, pide insistentemente a Dios en la oración que Él mismo la lleve a término…”
¡Cuántas cosas buenas comenzamos en nuestra vida! Encuentros, acontecimientos, intereses, estudios, amistades, obras… Y es normal que deseemos la duración y el cumplimiento de cada cosa buena que comenzamos, un cumplimiento eterno, porque, si una cosa es bella y buena, querremos que no termine nunca, que no muera jamás. Pero, instintivamente, cuando deseamos que una cosa buena dure y no termine jamás, comenzamos a manipularla, a hacer de todo para garantizarnos la duración de la misma. Y actuando de este modo destruimos con frecuencia desde el comienzo lo que Dios, sin embargo, nos está dando para siempre. Pensad, por ejemplo, en cuantas relaciones afectivas se acaban apagando y destruyendo de este modo. O quizá, a menudo abandonamos en los comienzos muchas cosas buenas porque pensamos que somos nosotros los que debemos llevarlas a término y nos damos cuenta que somos incapaces, que el interés y el entusiasmo va disminuyendo en nosotros. Y así, a fuerza de destruir cosas buenas, o de abandonarlas, es nuestra misma vida, obra buena de Dios por excelencia, la que abandonamos y arruinamos.

San Benito ama mucho nuestra vida, su plenitud, porque no nos da consejos morales, sino que nos da un consejo esencial, el único eficaz. Pedir con insistencia, implorar con “instantissima oratione”, es decir, siempre, en cada instante y en cada circunstancia, que Dios lleve a su cumplimiento, a su plenitud y perfección, todo lo que de bueno se inicia en nuestra vida, y, por tanto, la vida misma. Es el único trabajo que nos pide, el único que vale la pena emprender, el único trabajo que podemos siempre retomar; porque, pedir, mendigar, es un trabajo de los pobres, de los míseros, o, mejor aún, de los niños, es decir, de quien se sabe incapaz de realizar por sí solo la vida. Pero, precisamente por esto, porque el cumplimiento de la vida es llegar a ser hijo de Dios, el trabajo de pedir es ya un misterioso cumplimiento de nuestra existencia (véase continuación aquí)
P. Mauro-Giuseppe Lepori
Abad General O.Cist.




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